Agua con sal

Un anciano maestro hindú se cansó de las quejas de su aprendiz así que, una mañana, le envió por algo de sal. Cuando el aprendiz regresó, el maestro dijo al joven infeliz que pusiera el puñado de sal en un vaso de agua y luego se la bebiera.

-“¿A qué sabe?” preguntó el maestro.

-“Amargo,” escupió el aprendiz.

El maestro rió entre dientes y entonces le pidió al joven tomar la misma cantidad de sal en la mano y ponerla en el lago. Los dos caminaron en silencio al lago cercano y una vez que el muchacho lanzó al agua su manotada de sal el viejo le dijo:

- “Ahora bebe del lago.”

En cuanto el agua se escurría por la quijada del joven, el maestro le preguntó: “¿A qué sabe?”

-“Fresca,” comentó el aprendiz.

-“¿Te supo a sal?”

-“No,” dijo el joven.

En esto el maestro se sentó al lado de este chico que le recordaba a sí mismo y le tomó sus manos:

“El dolor de la vida es pura sal; ni más, ni menos. La cantidad de dolor en la vida permanece exactamente la misma. Sin embargo la cantidad de amargura que probamos depende del recipiente en que ponemos la pena. Así que cuando estás con dolor, la única cosa que puedes hacer es agrandar tu sentido de las cosas. Deja de ser un vaso. Conviértete en un lago.”

3 comentarios:

Mª Mercè dijo...

Preciós!!

Una abraçada amb molts petons!

Anónimo dijo...

Cuento chorra:

Un joven discípulo llevaba apenas dos meses junto al maestro. El primer día, nada más llegar, sin dejarle hablar, el maestro le dijo "mira y observa cuanto hay a tu alrrededor.... y aprende". El discípulo así lo hizo. A los dos meses el discípulo estaba sentado al lado del maestro, viendo uno de los atardeceres más bonitos que había visto en su vida. Se volvió al maestro y le preguntó "maestro, ¿qué aprenderé aquí?". El maestro le miró con paciencia (vamos, como queriendo decir "que pesadito es el discípulo"), y con una voz suave, propia siempre de los maestros, le contestó "aquí aprenderás el valor de la paciencia, del descubrimiento, de la sabiduría, y cientos de cosas que te acercarán cada vez más a ti". El discípulo volvió a mirar el atardecer, apenas quedaban ya unos pocos rayos colgados de aquel cielo. Estos se reflejaban en la cara del maestro dándole un toque de sabiduría y vejez como no había visto nunca el discípulo. Entonces se volvió de nuevo hacia el maestro, apretó sus labios en un último esfuerzo (la paciencia del maestro era infinita, pero no sé por qué el discípulo pensaba que no tanto), y con una voz juvenil (todavía no llevaba los años de abstinencia y sabiduría que el maestro había atesorado) preguntó casi con un hilillo de voz "ya, pero ¿aquí cuando se folla". El maestro estuvo a punto de dar un salto sobre la roca que estaba sentado. Miró casi con un reproche infinito, como si tuviese la longitud del último rayo de sol de aquella tarde, al discípulo, y con una voz firme y potente contesto "NUNCA". Aquella tarde fue la última que el maestrio vio al discípulo. Años después alguien le contó al maestro que lo había vuelto a ver, apenas había atesorado sabiduría en su vida, pero sin embargo llevaba una extraña y placida sonrisa en su boca.

Bueno Leo tu misma, como lo filtras todo ya decides. Y ya sabes que no se podía esperar otra cosa de mi. Un beso.

Nor dijo...

Hay gente que jamás podrá ser "anónima" por mucho que se empeñe. Me encantas , mi "Manseri". Gracias por la sonrisa. Que seas muy "folliz"